Opinión

Refutación de la tibieza

Cuando se sube el primer escalón de la estupidez, nunca se sabe dónde va a terminar la escalera. La primera causa determinante, el primer peldaño, no radica en las reivindicaciones soberanistas del nacionalismo periférico, sino en la debilidad y tibieza, apatía o incultura, de los gobernantes de una nación que no están a la altura de su historia y de su determinación política.

La pluralidad de España obedece a la disociación de una base unitaria inicial, como señala don Ramón Menéndez Pidal, y no al revés. España no es un acuerdo político de unas partes que se federan, sino una estructura unitaria cuyos matices regionales buscan su origen en la diferente influencia de Roma y el distinto papel en la Reconquista.

En definitiva, los componentes de ser español tienen una continuidad histórica, como señalaba, entre otros, Claudio Sánchez-Albornoz (España, un enigma histórico). En ese marco, Cataluña es más que una nación: en una región de España.

La izquierda, a pesar de los errores cometidos, debe partir de la más contundente defensa de la unidad nacional, sin tibiezas, no sólo por razones históricas, sino por una inherente custodia de la igualdad de derechos de todos los españoles, vivan donde vivan, sean quienes sean.

El nacionalismo catalán es un fenómeno reciente que se inicia en los movimientos románticos que dieron origen a lo que se vino en llamar la Renaixença. Sin embargo, el verdadero origen del nacionalismo catalán se sustenta en la defensa de los intereses oligárquicos que perduran, con la colaboración de una parte de la izquierda, hasta nuestros días.

El principal escalón del engaño para los nacionalistas se configura a través del sistema educativo, convirtiendo los mitos en categorías históricas. Ni el Compromiso de Caspe (1412) ni la derrota de los austracistas en la Barcelona de 1714 con orígenes de nación alguna.

Y, junto a los historiadores, tan románticos como falsarios, se le suma la coartada de juristas, y otros, en el Consejo Asesor para la Transición Nacional, intelectuales al servicio de las ocurrencias y dispuestos a forzar la ley hasta la prevaricación.

Escalón a escalón el nacionalismo catalán ha ido aprovechándose del vacío de poder del Estado central. Repartiéndose los papeles, moderado en Madrid (Francesc Cambó o Josep Antoni Duran) o fervientemente localista en la periferia (Prat de la Riba o Jordi Pujol).

Una estrategia en la que para los nacionalistas los Estatutos de 1932, de 1979 o de 2006, no se engañen, no son más que peldaños de una escalera que sube a ninguna parte. El nacionalismo catalán, para mayor abundamiento, apostó por una Constitución abierta con el fin de poder descoserla. Se trataba, y se trata, en palabras de Jordi Pujol, del fer país.

Pero la estrategia de la derecha nacionalista (Liga o Convergencia) nunca podría lograr la hegemonía social salvo estableciendo un mecanismo de seducción de las izquierdas, de los trabajadores y de las clases medias: la búsqueda de un enemigo común.

Pierre Vilar (Cataluña en la España moderna) sostiene la tesis de la imposición política de una España sobre una Cataluña rica. Una tesis que no obedece en puridad a la verdad. Los diferentes grados de desarrollo económico se sustentan en factores determinantes distintos, como recoge Joaquín Nadal (El fracaso de la revolución industrial en España, 1814-1913).

Los industriales catalanes también, o sobre todo, han gobernado España. En mis cursos de doctorado le hice un trabajo al profesor Juan Velarde sobre la figura de pedro Gual Villalbí, que, siendo ministro sin cartera de Franco (1957-1960), había sido secretario general de la patronal catalana y militante de la Lliga.

Ahora, sin embargo, aparece la necesidad de desviar la atención hacia el Estado, cuanto más debilitado mejor, liberando la responsabilidad local de una clase dirigente catalana que ha desarticulado el Estado del bienestar y destruido la cohesión social.

Pero tanto engaño parte del silencio temerario de la política española, del Gobierno central como de sus clases más influyentes, intelectuales y económicas.

Por eso, el nacionalismo catalán ha tratado de aprovechar los momentos de máximo debilitamiento del Estado central: desde la revuelta de Els Segadors utilizada por Pau Claris en 1640, pasando por Maciá declarando la República catalana precisamente en 1931, la propuesta de Companys de un estado catalán en 1934 y en 1937, o el “derecho a la secesión” de Artur Mas en 2015.

Un estado tan debilitado como para seguir desangrándose en un proceso de descentralizador a pesar de ser el tercer país más descentralizado del planeta. La bisagra para la gobernabilidad o el reconocimiento de la bilateralidad no son más que peldaños de una escalera a la secesión.

Estar a la altura de los tiempos es decir bien claro que España no es un estado plurinacional, sino una sola nación en un único estado. Sin tibiezas.

Por eso me duele observar a pensadores de izquierdas abandonando el republicanismo que exige que todos los ciudadanos tengamos los mismos derechos y los mismos deberes, vivamos donde vivamos. Que llamen “derecho a decidir” lo que en realidad es “derecho a la secesión”.

La izquierda española debe abandonar el océano de la tibieza. Porque si lo que se pretende con el federalismo, a pesar de la buena voluntad, es encajar la Constitución al Estatuto catalán de 2006, no podríamos estar de acuerdo.

Esta es la refutación de la tibieza de una España que se niega a jugar sus cartas frente a aquellos que la quieren diluir. La refutación de al tibieza de unos partidos nacionales en un estado macrodescentralizado. La refutación de la tibieza de un país que necesita a dirigentes que defiendan a su propia nación, que no es otra que España.

España no es un matrimonio de conveniencia, sino, como señala Joaquín legina (Los diez mitos del nacionalismo catalán), un modo de proindiviso que tiene que tener en cuenta a todas las partes si es que quiere disolverse.

Por eso, los socialistas debemos defender la ley como centro de la democracia, la igualdad de derechos y obligaciones de todos los españoles, frenar el proceso secesionista, y muy especialmente una política educativa común que evite ocurrencias que sirvan de yacimiento a categorías históricas imposibles.

Seguir subiendo peldaños de esta escalera solo nos conduce al abismo. Mirar para otro lado, la tibieza como instrumento político, no solo es un error, sino que además es irresponsable.

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