Opinión

Desempleo

¿Quién cree que un país va a prosperar teniendo a una cuarta parte de su población desempleada?, ¿quién piensa que somos capaces de avanzar cuando muchos de los que quieren y pueden trabajar no encuentran donde?

Ayer se dijo que en el mes de abril hubo 111.565 parados menos. Pero no se contó que muchos de estos ciudadanos que ya no están registrados es porque se han ido fuera del país o se han desanimado en las largas colas de los servicios regionales.

Estamos en presencia de un gobierno negligente, pero, sobre todo estúpido. Un Consejo de Ministros que sólo sabe vivir en la satisfacción de ver frutos sólo por el mero hecho de haber hecho sufrir a los españoles sacrificios que podrían haberse evitado.

Un país donde la reforma laboral ha generado la mayor pérdida de derechos de los trabajadores. Y, para mayor abundamiento, una pérdida de rentas, la devaluación de los salarios y una transferencia de renta de los trabajadores a las empresas.

Una nación en la que el escaso empleo que se genera es precario. Cuando nueve de cada diez nuevos contratos es precario sólo podemos asistir a lo que podríamos llamar la nueva explotación de los trabajadores. Como suena.

Por eso aumentaron las afiliaciones a la Seguridad Social, como una foto fija, tras haberse firmado la friolera de un millón trescientos mil contratos.

Un lugar donde el desempleo baja porque, como reconoce la Encuesta de Población Activa de la pasada semana, así como las anteriores, se han fugado, marchado, emigrado una buena parte de nuestra población.

Unos migrantes, otros jóvenes que no encuentran en España ningún futuro. Jóvenes, digo, que descubren en el extranjero oportunidades e ilusiones. Jóvenes sobre los que habíamos invertido una buena parte de nuestro presente para poder construir un futuro mejor.

Disminuye el desempleo porque se van de este país. Otros porque desanimados dejan de registrarse en las oficinas de los servicios regionales. Porque el aliciente ya no es siquiera cobrar una prestación que se agota o un subsidio que se extingue.

Dos millones de familias españolas tienen a todos sus miembros en paro. Familias enteras que sólo pueden vivir de la solidaridad, cada día más recortada, de un estado del bienestar que algunos quieren hacer desaparecer.

Los tardoliberales españoles no han entendido que no se come porque se pase hambre, sino que se pasa hambre porque no se come. Que las relaciones laborales son bien distintas al mercado de bienes y de servicios.

Así, con todo y con ello, no es la primera vez que lo digo, necesitamos un Roosevelt que encuentre una nueva frontera para una nación cuya historia merece mejores gobernantes, unos intelectuales de mayor nivel y unos dirigentes comprometidos más allá de sí mismos.

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